Jose Luis Serzo – El iniciado

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El iniciado. Los signos de un obrero hermético

Por eso pedimos a todos los hombres de ciencia del mundo que saben que el arte es una necesidad vital de la especie, que orienten sus investigaciones hacia el descubrimiento de esa sustancia luminosa y maleable que permita el desarrollo del arte tetradimensional

[Lucio Fontana, “Manifiesto blanco”, Buenos Aires, 1946]

Joan Mateo podría ser un tipo cualquiera, una de esas personas a la que la crisis les pasó por encima, uno de tantos individuos que se van ganando la vida como puede. Sin embargo, nuestro protagonista, decidió dejar de construir torres de Babel que nunca alcanzarían el cielo para tratar de buscar la esencia más elemental, aquella que nos realiza como personas, aquella que nos acerca a la felicidad. Joan Mateo convirtió su taller en el laboratorio de un alquimista autodidacta, en la cámara oscura donde se destilan las esencias del conocimiento, decidió cambiar las hormigoneras y los sacos de cemento por el atanor y los libros. Encerrado en su cueva, hace que pasen por su alambique las sustancias más elementales, aquellas que resumen nuestra vida, las que nos dan forma y contenido, nuestros vicios y nuestros valores, lo que nos dignifica, pero también todo aquello que nos hace detestables.

Quizás Joan Mateo nunca obtenga lo que busca, quizás en la propia búsqueda esté implícito su objetivo, quizás nos demuestre que lo que nos define y permite nuestra evolución, lo que está más cerca de nuestra verdadera esencia, es lo más sencillo, lo básico, lo elemental. Cambiar lo material por lo espiritual, la física por la metafísica, recorrer el camino que conecta la magia con la ciencia, son las vías que frecuenta Joan Mateo, la senda que, transitándola, nos llena del conocimiento y de la experiencia necesarias para, sin llegar a un destino preciso, haber logrado gran parte de nuestros objetivos. Una búsqueda sin fin que, en esta ocasión, tiene lugar en las entrañas de un centro de arte, en el antiguo aljibe de una casa señorial, en la Camara Obscura del Casal Solleric.

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Ana Laura Aláez – Pulso estético / pulso poético

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La cámara oscura: lo que no se ve

Ese pulso de si gana lo estético o lo poético, está latente en cada obra de arte [1]

El acto creativo es una lucha constante donde apenas hay tregua, un pulso permanente que comienza en uno mismo y del que nunca se sale indemne. Las dialécticas y las simbiosis que se establecen entre lo formal y lo conceptual, entre la inspiración y la transpiración, entre la realidad y la abstracción, entre lo profundo y lo superficial, los afectos y los desafectos, lo literal y lo simbólico, lo directo y lo indirecto, la estética y la poética, configuran un sistema de coordenadas complejas en el que el verdadero artista se mueve con pasión y esfuerzo, con dolor y esperanza. Hace apenas unos meses, en septiembre del año pasado, Ana Laura Aláez inauguraba en Madrid Impostura (2014), una exposición concebida para la Galería Moisés Pérez de Allbéniz que supuso un nuevo campo de investigación –y de batalla- en el itinerario creativo de esta artista, una propuesta que ha resultado ser una de las simientes de las que deriva este Pulso estético / Pulso poético (2015) que aquí se presenta. El título de Impostura nació a partir de una entrevista donde se analizaba el origen del trabajo de Aláez en los años ochenta dentro del contexto social, cultural y político del País Vasco[2], una época en la que la artista comenzó a explorar las diferentes maneras de representarse a sí misma como lenguaje. Desde sus inicios, Aláez, se ha declarado una esteta, una actitud vital que siempre ha buscado hacer compatible con su práctica artística y, en la citada entrevista, explica cómo en su propio ámbito social se la consideraba por ello una “impostora” que no reflejaba la realidad que se le imponía rígidamente por su condición de clase, de género y de lugar. En vez de eso, Aláez, transformaba su “experiencia en símbolos, convirtiendo lo que para los demás era una impostura, una ‘falsa autenticidad’, en arte”[3], algo que en aquel momento se consideraba una “alta traición” a la ética desde la estética.

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Marcos Vidal – El secret

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El secret

La Naturaleza nos prestó la ayuda que yo quería reclamar a la Ciencia, y Myra salió a la luz. Marcos, asombrado, conmovido, embriagado de dicha, la vio surgir lentamente de las sombras y, doblemente padre, vio nacer al mismo tiempo que a su hijo, a su mujer, que le pareció más bella aún, después de tanto tiempo de haber permanecido oculta a sus miradas.

[Jules Verne, “El secreto de Wilhelm Storitz”]

“El secreto de Wilhelm Storitz” es la novela escrita por Jules Verne que sirve como punto de partida a la reflexión que realiza el artista Marcos Vidal en este proyecto, un texto que permaneció inédito hasta 1910, cinco años después de la muerte de su autor, y que plantea una dialéctica en términos distópicos donde se contraponen los beneficios de los avances científicos frente a la deshumanización y alienación que provocan en el hombre. Una interesante metáfora para actuar como detonante y estimulante de la propuesta de Vidal para este ciclo de exposiciones, un libro escrito hace más de un siglo a partir de cuya trama se desarrollan los argumentos del artista sobre cuestiones que afectan a la creación contemporánea y sobre las que “Camera Obscura” también pretende incidir, entre ellas, la desmaterialización del objeto artístico o la redefinición actual de los conceptos de autoría.

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Simon Zabell – Vermeer’s Bookshelf

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Vermeer’s Bookshelf / La biblioteca de Vermeer

En octubre de 1632 nacieron en Delft, con apenas una semana de diferencia, Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), uno de los científicos precursores de la biología celular y fabricante de microscopios, y el reconocido pintor holandés Johannes Vermeer (1632-1675). Aunque no se han encontrado documentos que lo confirmen, es muy probable que ambos supieran de las respectivas investigaciones del otro y que incluso, en algún momento, llegaran a compartirlas en persona. Muchas de las pinturas de Vermeer parecen dejar en evidencia que el artista se valió para su elaboración de numerosos recursos ópticos como, entre otros, el de la cámara oscura y también es posible que fuera su conciudadano de Delft, van Leeuwenhoek, quién le diera a conocer algunos de los avances técnicos en esa materia, demostrando el enorme interés que suscitaban la óptica y sus ingenios entre la intelectualidad del momento.

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Guillermo Mora – nunca casi nunca a veces siempre

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El tiempo, la pintura y la fluorescencia

-¿Cuántas veces ocurre algo?-

Nunca es el simulacro el que oculta la verdad; es la verdad la que oculta que no hay ninguna verdad. El simulacro es verdadero.
[Libro del Eclesiastés]

La propuesta nunca casi nunca a veces siempre gira en torno a la relación de la pintura con las diferentes frecuencias del tiempo, cuatro actitudes diversas frente a la propia evidencia de una pintura que, aquí, comparece dividida en cuatro momentos y en otros tantos espacios (distintos pero conexos) de un proyecto que fija un paralelismo, una peculiar metáfora, entre el tiempo, la arquitectura, la pintura y el color. De este modo, Guillermo Mora (Alcalá de Henares, 1980) crea un espectro de posibilidades formales y temporales alrededor de la propia pintura; formales por su evidente experimentación con el espacio arquitectónico, por el tratamiento de la pintura como fluido y como sólido, por el juego entre su materialidad y su inmaterialidad, por su gravidez y su ingravidez, por la modulación de la luz a través de la fluorescencia y de su vibración; y temporales ya que la propia propuesta incorpora el devenir en el recorrido expositivo, el discurrir del tiempo en una pintura que va aumentando su presencia física según nos vamos adentrando en el itinerario de esta sugerente cámara oscura, una presencia pictórica que va incrementándose de la misma manera que lo hacen las frecuencias de tiempo que comparecen en el propio título de la instalación.

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